¿Puede la comunicación de las ciencias aportar a la participación y el debate de políticas públicas?

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Hace algún tiempo publiqué una columna en este sitio en la que proponía, básicamente, la necesidad de que el periodismo jugara un rol importante en la divulgación de los avances científicos. En ese escrito yo prometía referirme a otro punto que me parecía digno de abordar y que tiene que ver con un planteamiento muy simple: “que la enseñanza de los conocimientos científicos a los jóvenes resulta relevante y necesaria porque permitirá que muchos estudiantes opten por seguir carreras asociadas a las ciencias y la tecnología, convirtiéndose así en las generaciones de recambio en el área”1. También decía que efectivamente este tema es muy importante. La verdad es que aquí quiero defender la siguiente afirmación: la enseñanza y divulgación de la ciencia no sólo es importante para que los jóvenes de hoy se conviertan en científicos mañana, sino que puede ser útil como un conocimiento relevante en la participación de los ciudadanos en discusiones sobre políticas públicas, decisiones domésticas o incluso en la compra de alimentos y productos que, eventualmente, podrían generar un impacto indeseado en sus vidas. Por cierto, cabe mencionar que me refiero a todos los ciudadanos del país, sin diferencias etarias.

Un filósofo de la ciencia llamado Paul Feyerabend cuestionaba a mediados de los ’70s la relación que el Estado había establecido con la empresa científica. Incluso se atrevía a comparar esta relación con la que antaño la Iglesia había forjado con el Estado. Podríamos decir entonces que el Estado moderno finalmente ha elegido a la ciencia como su aliada, rectora y legitimadora de una importante cantidad de decisiones (por ejemplo, políticas sanitarias, energéticas, medioambientales, alimentarias, etc.). Estamos entonces en condiciones de afirmar que en una amplia gama de decisiones políticas, usualmente se esgrimen argumentos científicos y técnicos que definen la conveniencia de determinadas decisiones políticas por sobre otras. Sería absurdo llamar, por ejemplo, a un sacerdote para pedirle su opinión acerca de la conveniencia de construir un puente en un lugar determinado. Con esto no quiero decir que el sacerdote no pueda entregar una opinión válida y razonable, sólo trato de poner en evidencia el hecho de que, en este caso, no es la persona indicada para analizar técnicamente la conveniencia o inconveniencia de un proyecto de estas características. Para eso están los ingenieros, se afirmará desde el Estado y seguramente la mayoría de los ciudadanos del país estará de acuerdo con este punto. Nuestro amigo Feyerabend también afirmaba que una de las características más significativas de la ciencia moderna es su universalidad: cualquier pregunta puede ser abordada de un modo científico que lleve, o a una respuesta concreta o a una explicación de por qué no puede obtenerse tal tipo de respuesta2.

Hoy en Chile se están desarrollando importantes conflictos medioambientales. Recordemos, por ejemplo el caso de la fracasada iniciativa de la empresa franco-belga Suez Energy con la Termoeléctrica Barrancones3. ¿Recuerdan qué tipo de argumentos utilizaron los ciudadanos para rechazar el proyecto en cuestión? Les refresco la memoria: se esgrimieron argumentos científicos. Se dijo que la concreción de un proyecto de esas características –resumiendo un poco el asunto- pondría en peligro una buena cantidad de especies, algunas en peligro de extinción. También se habló de los daños que podría ocasionar en la salud de los seres humanos que habitan los alrededores de la zona en cuestión. El movimiento ciudadano que se generó hizo uso de conocimientos científicos y esto les permitió argumentar debidamente sus objeciones en este caso. Menciono este conflicto por ser bastante mediático y porque –hay que decirlo- su desenlace fue inesperado. Lo que acabo de relatarles puede parecer bastante evidente para algunos, pero a continuación les doy un ejemplo que clarifica más la situación y la importancia de lo que trato de plantear.

Hoy en la mayoría de los conflictos ambientales en los que se encuentran inmersas comunidades nativas, han existido (y aún existen) problemas complejos con los Gobiernos que han transitado en el país los últimos 20 años. Como ya decía, el Estado hace un uso casi exclusivo del conocimiento científico para implementar gran parte de sus políticas en varias materias. Pero en estos casos particulares la situación es especial: se ha ‘olvidado’ que hay grupos que no necesariamente ‘razonan’ de este modo (las comunidades nativas de las que les hablaba). Ambas posiciones serían entonces inconmensurables4, pues aluden a objetos desde constructos ónticos que son irreconocibles entre sí. Así, por ejemplo, la existencia de un espíritu religioso en un bosque para un pueblo nativo -por dar un ejemplo bastante simple- no es un argumento válido para determinar la conveniencia o inconveniencia de un proyecto que eventualmente pudiera poner en peligro la cosmovisión de este grupo humano (la desaparición del espíritu gracias a sustitución de plantaciones, por ejemplo)5.

Este grupo humano necesita argumentos científicos para poder apelar o discutir la conveniencia de una iniciativa a cargo del Estado pues dentro de las instancias de participación en el SEIA6, “sólo aquellas observaciones ciudadanas formuladas en términos técnicos tienen posibilidades reales de incidir en el proceso de evaluación ambiental”7. En este caso uno podría decir que hay un conflicto de epistemologías o ‘formas de conocer’ y, en esa línea, una se impone sobre la otra. Evidentemente quien determina las reglas es el primero. Lo que debe hacer este grupo humano es entonces informarse y adquirir conocimientos científicos que le permita participar en igualdad de condiciones. Uno podría pensar que efectivamente el Estado debiera reconocer y considerar el tipo de argumentos que en principio se han presentado –cuestión con la que estoy de acuerdo-, pero eso es harina de otro costal amig@s.

Personalmente creo que hay pocas instancias de participación ciudadana en nuestro país. Sin embargo, hay lugares en el globo donde las discusiones sobre determinados temas son amplias y el público tiene efectivamente alguna posibilidad de participar debidamente informado. Así es como describe Miller (1998) la discusión sobre el uso de la energía nuclear en la Suecia de hace 40 años.

“A principios de los ‘70s, Suecia buscaba desarrollar una política nacional sobre el uso de la energía nuclear para generar electricidad. Para facilitar un debate público más amplio, el gobierno sueco suministró pequeñas donaciones para “grupos de estudio” (‘study circles’) para discutir la cuestión de la energía nuclear, usualmente en grupos de 10 a 15 ciudadanos, con materiales y un facilitador para ofrecer una presentación equilibrada de los puntos de vista. Luego de meses de discusión de aproximadamente 80.000 ciudadanos suecos, la Junta Nacional de Información Ciudadana (en Suecia) condujo un estudio y concluyó que la porción de suecos adultos que se sentían capaces de tomar una decisión luego de haber oído los dos argumentos expuestos, creció de un 63% antes de los ‘grupos de estudio’, a un 73% luego de al menos 10 horas de estudio y discusión”8.

Cuando leí esto por primera vez me resultó inverosímil. Luego me alegró saber que esto es posible y que, de hecho, es una práctica usual en algunos países europeos. Desde mi punto de vista, la participación es un elemento deseable por sí solo y no merece mayor justificación en las sociedades democráticas que la de buscar la inclusión de todos los ciudadanos –los informados y los desinformados- para hacerse partícipes con justo derecho de la toma de decisiones en las cuestiones que afectan directamente en sus modos de vida y el futuro de las nuevas generaciones. Pero para llegar a ese punto primero debemos estar debidamente informados. La máxima podría ser algo así: ‘conocimiento e información para una debida participación’.

Ahora les cambio el contexto y reafirmo mi convicción en un caso distinto que tiene implicancias que se diferencian levemente de los casos anteriores. ¿A alguno de ustedes le ha tocado hablar con alguien que nunca haya escuchado la palabra ‘transgénico’9, por ejemplo? A mí sí me ha tocado vivir esa experiencia. Sabemos, quienes hemos podido estudiar algo más que la media de la población chilena, que hay cuestiones que son poco claras en relación a este tipo de alimentos: no se han estudiado debidamente sus impactos sobre la salud humana y, como si fuera poco, éstos no vienen etiquetados mencionando ‘su naturaleza’ como para que el ciudadano pueda elegir. Información en los medios masivos tampoco hay mucha10. Como vemos, este es un caso muy concreto y se trata de una situación más bien de tipo ‘doméstica’. Sin embargo, el uso de información hace la diferencia. Un sujeto bien informado seguramente tendrá más posibilidades de deliberar y hacer una mejor elección para sí mismo y su familia.

En sociedades muy complejas y tecnificadas como las nuestras, la ciudadanía depende mucho más del conocimiento experto que en sociedades anteriores, tanto en su calidad de usuarios de los servicios como en su condición de ciudadanos11. Como vemos, la importancia de una buena enseñanza y divulgación de las ciencias no sólo radica en la necesidad de instruir a los ciudadanos más jóvenes para que luego se conviertan en una buena generación de recambio para la comunidad científica nacional. Y así es como vuelvo a la columna anterior y trato de unirla con ésta: la divulgación de los conocimientos científicos a través de la prensa, los museos o centros de investigación es una herramienta que permite a los ciudadanos –principalmente a los adultos, ese importante grupo de ciudadanos que ya no participan del sistema educativo formal- saber, comprender, reflexionar y participar en una amplia gama de discusiones y situaciones que se suscitan en el diario vivir y que, de una manera u otra, tienen un impacto sobre sus vidas.

1. Ver primer párrafo de la columna titulada ¿Puede el periodismo jugar un rol importante en la comunicación de las ciencias?.
2. Feyerabend, Paul. (1989). “Contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento”. Editorial Ariel. Barcelona.
3. Una síntesis de este proyecto puede ser visto aquí.
4. Para un análisis más detallado del concepto ver, por ejemplo: Thomas Kuhn “La estructura de las revoluciones científicas” o Paul Feyerabend “Tratado contra el método”.
5. ¿Se imaginan cómo sería abordado un argumento de esta naturaleza en las observaciones que hace la ciudadanía a un Estudio de Impacto Ambiental?
6. Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental.
7. Sepúlveda, Claudia (2000). “El caso del proyecto Costanera Norte: El Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental ante una comunidad que participa en serio” (p.p. 59-90) en “Participación ciudadana para enfrentar conflictos ambientales. Desafíos para el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental”. Sabatini, Francisco; Sepúlveda, Claudia y Blanco, Hernán (Eds.). Centro de Investigación y Planificación del Medio Ambiente, CIPMA. Santiago, Chile. Ver p. 78.
8. Miller, Jon. (1998) “The measurement of civic scientific literacy”. Public Understanding of Science. 7.203-223. Ver p. 204.
9. En el siguiente link se puede encontrar una nota periodística interesante, en la que además hay un interesante intercambio de opiniones entre los lectores. Link.
10. Los desafío a que pongan en el buscador de Google el término ‘transgénico’. Verán que los medios de mayor circulación en el país no han tratado el tema.
11. Sempere, Joaquim; Martínez Iglesias, Mercedes; García, Ernest. (2007). “Ciencia, movimientos ciudadanos y conflictos socioecológicos”. Cuadernos Bakeaz. 79:1-16.

Autor:

Miguel Ángel Negrón Oyarzo
Periodista, Universidad Austral de Chile
Programa de Magíster en Comunicación, Universidad Austral de Chile

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Un comentario sobre «¿Puede la comunicación de las ciencias aportar a la participación y el debate de políticas públicas?»

  1. Creo que la importancia de divulgar la ciencia no sólo tiene relación con el recambi generacional y participación en políticas públicas. Existe un tercer aspecto, que tiene relación conla curiosidad innata en el ser humano. Ojalá todos fuéramos educados con el suficiente conocimiento científico para poder luego, por nuestra cuenta, apreneder sobre los temas que nos interesen. Como dijo un científico en un congreso de estudiantes de bioquímica: el rol del científico en la sociedad es aumentar el nivel intelectual de la sociedad en que vive.

    Creo que tenemos serias fallas en la divulgación científica. No es raro encontrar libros científicos escritos en español diriidos hacia el público general, pero estos son simepre provenientes de España, México, y ocacionalmente Argentina. El científico chileno tiene una gran carga laboral, sumando investigación , participación en congresos, comisiones de tesis, sursos, clases, etc. Dudo que les quede tiempo o energía para escribir un libro en el que expliquen a sus compatriotas no científicos que es l que están haciendo. Es una falla del sistema que tenemos qu mejorar, junto con aumentar el prestigio de uqien escribe y divulga ciencia.

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