Entrevista a Mario Hamuy, Premio Nacional de Ciencias Exactas

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“Hay que partir por reconocer que los científicos no somos Superman”

El astrónomo aboga por más recursos y herramientas para la divulgación científica.

Por Mauricio Arias C.

Entrevistas, reuniones, invitaciones y presentaciones de libros. Así se pueden resumir los últimos cuatro meses del astrónomo Mario Hamuy, luego de haber recibido el Premio Nacional de Ciencias Exactas el 28 de agosto. Pese a la fama, Hamuy aún no se acostumbra.

“Ha sido una etapa de mucho trabajo, pero este título te obliga a salir de tu zona de confort. Uno está más en vitrina y la opinión de uno empieza a ser tomada más en cuenta, que es algo que nunca imaginé, pero es algo fugaz. Partió muy intenso, pero claramente va en declinación. Anhelo volver a la vida normal”, dice.

A pesar del impulso, Hamuy sabe que aún falta mucho para que la ciencia sea tomada en cuenta. “La divulgación es fundamental para que la ciencia sea valorada por los distintos actores y puedan apoyar nuestra actividad. Si nuestro quehacer no conecta con la ciudadanía, o un político, deja de tener sentido”, afirma.

—¿Cree que la sociedad le toma el peso al rol que tienen los científicos?

—La gran mayoría no conoce y no valora el trabajo de los científicos, pese a que todos los días tomamos nuestros celulares y detrás de eso hay todo un trabajo de científicos. Si buscas las raíces de los adelantos tecnológicos, te das cuenta de que siempre hubo un científico detrás, pero eso no es obvio para la gente. Nuestro rol es relevar la tarea fundamental que tenemos los científicos en la sociedad tecnológica que hemos construido.

—¿Por qué no se ha dado esa valoración? ¿Falta de divulgación, o la ciencia es un mundo muy cerrado?

—Los científicos estamos súper ocupados. El investigador típico tiene que hacer clases, labores administrativas, participar en comités e investigar, por lo que al final del día está agotado. Si le pides que haga divulgación después de su horario de trabajo, lo puede hacer, pero llega cansado. Entonces, hay que partir por reconocer que no somos Superman. Hacemos las cosas con mucho cariño, con mucha pasión, pero nos tienen que ayudar con financiamiento para elaborar productos lúdicos, libros digitales o animaciones que nos permitan llegar fácilmente a la ciudadanía.

—¿En qué áreas la ciencia chilena está aportando al desarrollo del país y no se toma en cuenta?

—Hace poco la Fundación Ciencia para la Vida desarrolló una vacuna contra el cáncer que ya está en prueba para humanos. También el convertidor de la mina El Teniente, que fue desarrollado por científicos chilenos usando modelos matemáticos y conocimientos de química. Ahora, en general, el científico se mueve por la curiosidad, por responder alguna pregunta, más que por buscar una aplicación. La aplicación surge cuando se produce conocimiento.

—¿Y qué falta por desarrollar?

—En Chile tenemos pocos expertos en geofísica, siendo un país altamente sísmico. Tampoco tenemos muchos oceanógrafos, con más de 4.000 kilómetros de costa. En temas de energía solar no aprovechamos la fantástica radiación solar del desierto de Atacama, que quizás hasta podríamos exportarla. También tenemos las reservas de litio más grandes del mundo, pero tampoco hay muchos expertos.

Científicos a la calle

—Usted ha dicho que los científicos tienen que salir a la calle. ¿Cómo se materializa esa idea?

—Los científicos no hemos sido entrenados para comunicar en lenguaje fácil, por eso es importante el trabajo mancomunado entre científicos y comunicadores, pero también entre las universidades y el Estado. Conicyt tiene un programa de divulgación que se llama Explora, pero tiene pocos recursos y el sistema de postulación es engorroso, pero si se asignaran más recursos, o si se facilitara la burocracia, estaríamos incentivando la conexión entre científicos y ciudadanía.

Muchas veces los avances científicos chilenos son vistos como una cruzada personal. ¿Falta más apoyo y diálogo entre los científicos?

—Esa era la ciencia del siglo XX. La ciencia del siglo XXI requiere de una mirada mucho más transversal por la complejidad de los problemas, como el cambio climático, que se tiene que entender desde múltiples perspectivas. El problema es que generalmente las universidades están compartimentadas, ya que en una facultad puede haber 13 departamentos. Entonces, ¿cómo rompemos esos muros?, ¿cómo logras que el biólogo de una facultad hable con el geofísico de otra? En ese sentido, las universidades chilenas tienen que facilitar el diálogo, tienen que repensar la universidad del siglo XXI.

—¿Cómo es hacer ciencia en un país donde no hay recursos ni apoyo?

—Yo no me puedo quejar, porque soy un afortunado. Tengo acceso a los mejores observatorios internacionales, ya que como están en Chile los astrónomos chilenos tenemos reservado el 10% de las noches de observación, y que para el Estado no han significado inversión en infraestructura. Saliendo de mi caso, el científico chileno tiene problemas de infraestructura, porque los laboratorios son precarios, pero el problema mayor son los jóvenes investigadores que fueron a hacer su doctorado becados por el Estado y no tienen campo laboral. Ellos quieren volver, pero no tienen cómo reinsertarse, eso lo encuentro mucho más crítico.

Fuente: La Segunda 22 de diciembre 2015.

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