Hacer ciencia en Chile. Crónica de la dignidad provinciana

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Por Luis Nitrihual Valdebenito

En el periodismo no suelen invocarse historias personales para sustentar un argumento. ¿Por qué? Se pierde la objetividad, dice el manual. Me propongo en este breve texto romper con este lugar común puesto que es necesario enfatizar lo profundamente subjetivo que es todo acto narrativo. Esta es una crónica de la dignidad provinciana y de clase.

El año 2014 mantuve una interesante, aunque corta, correspondencia con el ya renunciado ex presidente de Conicyt, Dr. Francisco Brieva. Llegué al colega Brieva por un problema que tuve con Conicyt. Tuve la mala “suerte” de ganarme una beca de postdoctorado en el extranjero, pero no pude tomarla pues la institución de ciencia me señaló que debía elegir entre la beca y los proyectos en los que participaba y/o dirigía. Las bases así lo indicaban. Como respuesta, mi argumento era muy sencillo. Me resultaba irracional que me pusieran a elegir entre proyectos de investigación que duraban 3 o 4 años y que luego de desarrollada la fase de campo no necesitaban presencialidad física en Chile. ¡¡Ya existe internet!!. La beca adjudicada duraba sólo un año y buscaba internacionalizar las investigaciones que desarrollo desde el Sur de Chile. Debo precisar que la beca me entregaba como manuntención algo así como 1500 euros mensuales para vivir en la ciudad de Madrid. Cualquier persona que haya vivido en Europa sabe que este dinero te permite vivir, pero no te harás rico. Con mucho un par de cervezas y unas tapas. El alojamiento te consume el dinero. Y si viajas con la familia la cosa se complica aún más. En suma, es lo suficiente para vivir como cualquier mortal promedio.

La respuesta, después de los recursos administrativos correspondientes: “no se puede”. No había forma. El sentido de la burocracia es la aplicación, muchas veces irracional, de normas que ni siquiera tienen coherencia. Este es el caso de las distintas bases de los recursos que administra Conicyt. El público es el mismo, científicos de alto nivel, pero si publicas y participas en actividades de vinculación internacional, no puedes irte durante un año sin renunciar a los proyectos que dan origen a esa vinculación. Un absurdo administrativo. Los recursos, por otro lado, no te hacen precisamente millonario para ser una cuestión de probidad. “No pasa nada”, como dicen los españoles. Nadie muere por eso, pero demuestra que hay una política de ciencia de nivel amateur.

Contexto. En el panorama político chileno -mientras tanto- los casos Penta, Caval y Soquimich, hundían a la clase política. Era la lacerante evidencia de una clase acostumbrada a ganar a manos llenas, mantenerse en el poder a toda costa y mandar desde Santiago como si ese fuese Chile. Sobre eso leía y luego escribía yo en distintos medios de comunicación cuando me ocurrió lo descrito. Un diálogo sordo en verdad pues Temuco, en Santiago, son los mapuches, el terrorismo, la lluvia, el merken, etc. Una suerte de espacio folclórico y conflictivo. Algo digno de estudiarse.

Regreso. Siempre hay dos posibilidades en estos procesos: 1. quedarse callados y decir, como se espera de un buen “sureño”, tiene razón señor, volveré el otro año más preparado; 2. expresar la molestia y decirla con fuerza. En Chile la gente no dice lo que piensa, se come la mierda tranquilamente. Ese es un triunfo de la dictadura. Somos violentos, pero cagones con la autoridad. ¡Un poco más de rebeldía nos haría bien! Estamos aquí para decir y escuchar. Bueno, en esta decisión estaba yo cuando decidí escribirle a Francisco Brieva para contarle mi caso. Me contestó, algo que habla muy bien de él. No había forma. Debía, cuando menos, suspender todo y luego retomarlo. Los proyectos ya estaban en funcionamiento y no tenían que ver sólo conmigo sino con equipos de trabajo. Dije NO a la beca ganada.

Para muchos como yo -no creo ser el único- que somos primera generación de profesionales, estudiamos en colegios públicos, luego fuimos a liceos públicos o subvencionados (que es más o menos lo mismo) y luego fuimos a una Universidad Estatal pues no teníamos dinero para una privada; es decir: somos la llamada “meritocracia chilena”, estos hechos constituyen una traba más en el complejo mundo donde nos tocó vivir y del cual, por cierto, solemos estar orgullosos. Hay orgullo de clase en estos logros. No es para menos. Todo indica que en este Chile la mayoría de los niños en esta condición perpetuarán las condiciones de sus padres.

Resulta alarmante, en este marco, comprobar la irracionalidad burocrática. Mientras en Chile se roba dinero a manos llenas. Mientras la gente se enriquece mediante el pillaje político y económico e incluso luego de convierten en altas autoridades. Mientras hay algunos que pueden sacar de su cuenta corriente millones para irse a estudiar donde quieren. Mientras hay raspados de olla. Mientras hay quienes esperan el cambio de gobierno para acomodarse en las reparticiones públicas. Mientras todo eso sucede hay quienes –la mayoría de Chile, por cierto- trabajamos en regiones y provenimos de las clases trabajadoras.

Mis reflexiones de la época cerraban así: ¿me dicen entonces que los 1500 euros para vivir en Europa es algo indebido? Pues no. Es dinero para vivir. Lo que ustedes hacen es indebido.

Hacemos ciencia bajo una estructura amateur. Solemos ser bien intencionados y trabajadores, pero estamos bajo una estructura atrasada décadas. No hay cruce de bases, formamos doctores que no tienen cabida en las universidades públicas. Nuevamente estamos entregando dinero al mundo privado. La centralización en la asignación de recursos es un problema totalmente vigente. No hay cuotas ni de género, ni étnia, ni de otro tipo. Hay avances, pero son aún tímidos. Somos científicos y a la vez contadores pues debemos guardar y pegar boletas, facturas, pasajes, tickets, etc. Los colegas sumen y sigan. No se trabaja sobre logros y metas sino sobre la desconfianza en el uso de los recursos públicos. Sin embargo, lo privado funciona, vista las cosas, sobre el pillaje y la usura. Nadie dice nada. Estamos en medio de una nueva forma de lucha de clases, sólo que ahora no creemos que formamos parte de los trabajadores y pensamos que somos “clases medias”, que es igual a tener posibilidad de endeudamiento.

Por otro lado, los científicos recién comenzamos a levantar la voz. Peleamos por un Ministerio, pero en realidad deberíamos estar preocupados por la relación ciencia- educación. O por pensar un mundo mejor. Un ministerio puede ser sólo un espacio de disputa institucional sino se discute una política de desarrollo. No hay una relación armónica entre desarrollo de la ciencia en Chile y la evolución de las universidades, por ejemplo.

En suma, el neoliberalimo y la dictadura aún aplastan Chile y lo hunden en una mediocridad de la cual sólo nos libraremos si recuperamos la dignidad de decir lo que pensamos y luchar por lo que anhelamos.

Fuente: El Mostrador, 9 enero 2016.

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