Memorias de un profesor-taxi, “Taxiando” en medio del movimiento estudiantil.

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Profesor-taxi: sust. m. Dícese del profesor que trabaja “boleteando” para varias instituciones educativas sin tener vínculo concreto con ninguna de ellas, por lo que a toda hora se le puede encontrar paseando por la ciudad entremedio de sus clases. 

 

Es raro que un profesor-taxi, como yo, empiece su jornada a las ocho de la mañana para terminarla a las seis de la tarde, por lo que ya al mediodía del jueves 4 de agosto había salido de las paredes del aula para encontrarme caminando por las calles de Santiago.

Aquel día, cuando no se les permitió marchar  a los estudiantes, bastó abrir la puerta de salida para sentir de golpe la inconfundible sensación irritante de los gases lacrimógenos que, afortunadamente, ya se habían dispersado en gran parte. Pensé “Uf, parece que ya pasó lo peor”, la poca afluencia y el tráfico vehicular expedito lo demostraban. ¡Naaa!, bastó llegar a la Alameda para ver al guanaco en acción y una bomba lacrimógena lanzada en plena calle entre medio de los autos esperando la luz verde. Pocas veces el deambular urbano del profesor-taxi puede apreciar tales manifestaciones, así que aproveché de fotografiar esos momentos (fui uno más del montón de fotógrafos). Pero no fue solo ahí, a través de varias cuadras los estudiantes formaban grupos para manifestarse, los que eran luego dispersados por los gases, para volver a reunirse unas cuadras más allá. En mi rol de mero espectador, no imaginé que dentro de un rato más sería un actor de los hechos, bastante secundario por cierto, pero lo suficientemente involucrado como para sacar algunas lecciones.

Pasando cerca de la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la U. de Chile, recordé que más tarde habría una conferencia sobre los vínculos entre el cobre y la educación. ¡Perfecto! Pasaría a almorzar al casino y luego revisaría unos controles en la sala de estudio mientras esperaba la conferencia.

De aquel plan, solo funcionó lo del almuerzo, dado que al terminar, vi que las puertas del casino estaban con seguro y en la única salida abierta había una señora haciendo de portera. Caras de preocupación en varios, el patio lleno de gente y una sensación de que algo va a pasar. Entonces salí del casino, miré hacia el mismo patio y vi una enorme masa de gas blanco avanzando hacia donde un montón de estudiantes y yo estábamos.  Cuando pasó, salí con la muchedumbre y le pregunté a una niña que estaba a mi lado:

– ¿Cómo fue que tiraron bombas adentro de la universidad?

– No fue una bomba, entró el zorrillo – Respondió ella.

– Pero eso es ilegal – le dije incrédulo, no me imaginaba al carro lanza gases al interior de una Facultad.

– Siempre lo hacen. En Filosofía ha pasado varias veces.

 

Seguí paseando por el patio hasta la salida, en medio de consignas y carteles. Volví al interior, leí todo tipo de papeles pegados en las paredes y columnas, hasta que decidí ir por una mesa donde revisar los controles y esperar la conferencia. Busqué un buen rato una sala de estudio, pero estaba todo cerrado. Pregunté a varios alumnos dónde podía trabajar un rato, pero lo único que terminé haciendo fue dar vueltas por la Facultad.

Ya casi rendido, se me acerca un estudiante y me dice:

– ¿Usted de dónde es?

– ¿Qué pasa? – Respondí sin entender mucho.

– ¿Qué está haciendo acá? – Insistió el otro.

– Vine a almorzar y ahora estoy esperando la conferencia.

Poco a poco comprendí en toda su dimensión la situación en que estaba la ciudad, la universidad y la gente. La desconfianza estaba ganando terreno, se estaban formando bandos contrarios y yo estaba justo en medio.

El estudiante prosiguió:

– Lo que pasa es que hace rato que usted se está dando vueltas, no es de acá.

Justo cuando su tono se estaba volviendo algo hostil, miro hacia otro lado y aparece un segundo estudiante tapándome el paso. Me sentí indignado por el interrogatorio, pero a la vez comprendía su desconfianza.

– Soy profesor, estoy esperando la conferencia sobre el cobre y la educación. Ahora estaba buscando una sala de estudios – Respondí finalmente.

El tipo guardó silencio, manteniendo el rostro serio y una mirada de incredulidad.

– ¿Qué lleva en la mochila? – Insistió firme.

– Ah, tú crees que soy un infiltrado – Opté por la franqueza – OK, te entiendo.

Y tragándome el orgullo abrí mi mochila para mostrarle mi computador y el montón de controles sin revisar, y agregué:

– ¿Quieres que te muestre los otros bolsillos?

– No… no importa – En ese momento se relajó un poco – En todo caso, la conferencia se suspendió. No hay más actividades.

Y me señaló que la salida estaba cerrada y que había que darse la vuelta por una puerta lateral. Fue así que lo dejé atrás y simplemente salí de la universidad.

 

A medida que caminaba por la calle, reflexioné sobre lo que acababa de vivir con ese estudiante, entendiendo que ambos fuimos víctimas de desconfianza y represión.

Este profesor-taxi entendió algo más sobre nuestra democracia y cómo es que la libertad supone incertidumbre. Esto es lógico, pues nadie sabe lo que hará el otro con su libertad. Aún así, creo que esa incertidumbre es un precio justo a pagar por disfrutar la libertad que nos otorga dicha democracia. Pero en estos momentos, en que el conflicto se alarga sin posibilidad de transar, algunos personajes, tanto conocidos como incógnitos, sienten que la incertidumbre se transforma en desconfianza. En suponer que quién está en la otra vereda necesariamente actuará mal. Y esta desconfianza nos lleva a buscar con desesperación la seguridad, que ese día se manifestó como represión.

Creo que si hay algo en lo que NO debemos transar como sociedad, es en aceptar que la represión es necesaria, pues solo genera más desconfianza en las personas, y así entramos en un círculo vicioso que daña nuestra poco afianzada democracia. Para terminar, quiero permitirme citar a alguien que ya pensó en esto hace bastante tiempo, Benjamín Franklin, que dijo: “Cualquier sociedad que esté dispuesta a ceder un poco de libertad para ganar algo de seguridad, no merecerá ni la una ni la otra y terminará perdiendo ambas”.

 

Carlos Salazar Morey.

Bioquímico, PUC.
Magíster Cs. Agricultura, PUC.

Miembro Equipo Coordinación ANIP 2011

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