¿Por qué Cultura CTI –que lleva la ciencia a las escuelas– es relevante para el futuro de Chile?

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Si comparamos el mundo actual con el mundo hace 200 años, las diferencias son abismantes.

Si solo miramos la esperanza de vida, emerge un dato abrumador: hoy, la esperanza de vida de un niño que nace en el país más pobre de África es superior a la esperanza de vida de un niño que nació en el país más rico del mundo en 1800.

Avances como las vacunas, el agua potable, los antibióticos y otras medidas sanitarias han permitido dar un salto enorme en la esperanza de vida. No solo eso. Nuestra forma de transportarnos, comunicarnos, alimentarnos y casi todos los aspectos imaginables de la vida cotidiana son radicalmente diferentes a los de hace 200 años.

Pero hay algo que casi no ha cambiado: la forma de enseñanza.

Si alguien viajara en el tiempo desde el año 1800 al 2017 podrá reconocer sin problemas una escuela. Un lugar donde los niños van y se sientan a escuchar a un maestro. Nuestra forma de transmitir el conocimiento –de educar a los más pequeños– casi no ha cambiado en 200 (o tal vez más) años.

En el caso de la enseñanza de la ciencia parece especialmente desafiante cambiar este escenario, que ha mostrado ser muy poco eficiente. Después de todo ¿cuántos de nosotros aprendimos una cantidad enorme de contenidos que olvidamos en cuanto rendimos la prueba correspondiente? Aprender ciencia no es saberse de memoria la tabla periódica o los nombres de las lunas de Marte, porque la ciencia –como decía el gran Carl Sagan– no es un cuerpo de conocimientos, es una forma de pensar.

 

 

La ciencia es una forma de interrogar a la naturaleza de manera metódica y sistemática para tratar de entenderla mejor, usando la curiosidad como motor. La ciencia valora a las preguntas, el colegio a las respuestas. Un “no sé” en ciencia puede terminar siendo el inicio de un gran descubrimiento y, de manera paradójica, una mala calificación en el colegio. Los científicos lo sabemos muy bien, ya que vivimos de las preguntas.

Cuando logramos obtener una respuesta, inmediatamente surgen más preguntas y formas de enfrentarlas. Y es ahí donde los científicos pueden hacer un gran aporte en la educación escolar del país. En efecto, un científico trabajando en aula puede mostrarles a los estudiantes cuál es su modus operandi. Cómo enfrenta un problema, cómo elige la mejor hipótesis, cómo diseña una estrategia experimental, como disminuye los sesgos y las incertezas. Cómo el pensamiento crítico le ayuda a orientar sus decisiones. No piensen en un biólogo celular enseñando cómo funciona el aparto de Golgi. No. Piensen en un científico que enseña cómo se hace preguntas y cómo trata de responderlas.

Es ahí donde los científicos tienen mucho que aportar al país, trabajando en colaboración con los profesores y docentes para mejorar la calidad de la enseñanza a partir de la indagación, a partir de la formulación de preguntas. Llegará un día en que las notas no sean a las respuestas, sino que a las preguntas. Y ese día, un niño que aprendió a ser científico podrá pensar en la mejor forma de contestarla. Y eso no se le va a olvidar después de dar la prueba. Eso se queda para siempre con él.

Fuente: Cultura CTI

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