Ser una mujer científica es tan difícil como cualquier profesión

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Sólo tres premios Nobel femeninos, entre 59 investigadores. Aunque ellas aseguran que la proporción de ambos sexos en ciencias se ha equilibrado, aún falta mucho por andar. Dirigir laboratorios o ser profesoras sigue siendo una meta que cuesta conseguir.

Por Lorena Guzmán H.

No todas coinciden en lo difícil que puede ser trabajar haciendo ciencia en medio de un mundo que históricamente ha estado reservado para los hombres, pero lo que sí es indiscutible es que ellas han sido premiadas con el Nobel mucho menos que ellos.

Françoise Barré-Sinoussi trabaja con sida. Elegante y distinguida, fue una de los tres premiados con el Nobel en Medicina de 2008 por el descubrimiento del virus del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (VIH). Es una de las tres premiadas mujeres que asisten al Lindau Nobel Laureate Meeting, una reunión de casi 700 estudiantes de ciencia de todo el mundo y 59 galardonados con el máximo premio.

“En biomedicina hay muchas mujeres haciendo ciencia, e incluso a veces son mayoría, pero es lo opuesto cuando se trata de dirigir laboratorios o ser profesoras; ahí se ve un retraso”, opina.

Ríe al recordar sus comienzos en el Instituto Pasteur, “hace más de 40 años”, cuando tenía 3 o 4 compañeras. Su risa se transforma en carcajada cuando asegura que “algunos hombres me decían que por qué quería hacer ciencia si ninguna mujer sabe cómo investigar”.

En vez de intimidarse, Françoise fue estimulada por esos comentarios. “Incluso mi propio padre opinaba lo mismo”, asegura. “Hace poco le dije que debería agradecerle mucho, porque al no aprobar el que una mujer tuviera una carrera, me hizo seguir adelante para demostrarle lo que podía hacer”.
Ada Yonath tiene una opinión muy diferente. Con sus siete décadas de vida, recién el año pasado ganó el Nobel de Química por descubrir, junto a dos científicos más, la estructura y el funcionamiento de la fábrica de proteínas en las células.

Es tajante cuando dice que las científicas tienen los mismos problemas que las mujeres de cualquier otra profesión: “Las enfermeras trabajan más horas, y nadie tiene problema con eso”.

“La sociedad piensa que no se puede ser madre y científico a la vez; es solamente una percepción”, explica, y luego pregunta: ¿Qué pasa con la medicina? “La sociedad no está en contra de las mujeres en ese campo, porque lo encuentran mucho más femenino que la ciencia”, opina.

Ada nunca tuvo problemas de género, pero sí por la forma en que hace ciencia. Durante 15 años -comenta- la gente habló a sus espaldas: “fueron muy escépticos con mis ideas. La gente me puso muchos sobrenombres por ello, pero eso nunca me importó”.

Dicha fortaleza de espíritu finalmente rindió frutos, y nada menos que con un Nobel. Junto con la investigación, también trabajó duro para criar con su marido a una hija que hoy es médico. “Depende de cómo uno organice la vida -entre la familia y la carrera- lo complicadas que serán las cosas”.

Fue su nieta quien la premió, incluso antes de que la academia, con el grado de “mejor abuela del mundo”. Cuatro años más tarde, ella fue quien contestó la llamada con la que le anunciaron que había recibido el máximo galardón de la ciencia.

Aunque está feliz de haberlo recibido, asegura que los momentos que más la han gratificado son aquellos en que sus experimentos finalmente funcionaron y el no haber desmerecido, aún, el cetro de mejor abuela.

Candidata a madre y a doctora

Judith Kimling (28) va a tener su primer hijo a fines de agosto. Ella es física, al igual que su marido, y sólo le quedan pocos meses para terminar su doctorado, pero algo cambió en el camino.

“Cuando era más joven quería tener hijos, pero pensaba que mi carrera estaba primero y que al casarme mi marido tendría que cuidar a los niños”, recuerda, con cierta vergüenza. Aunque no lo habían planeado, ella quedó embarazada.

“Estaba muy asustada, pero ahora no me arrepiento de nada”, dice, con una amplia sonrisa. Su jefe no quería que siguiera con su tesis, porque no puede trabajar con químicos ni máquinas especiales. Luego de varias charlas lo convenció, y hoy compañeros la ayudan con las cosas que no puede hacer.

“Definitivamente quiero seguir mi carrera, pero también quiero ser una buena madre”, dice, con certeza. De momento, lo que más le preocupa es el dinero e investigación -le suspenderán la beca, y no sabe si la puede posponer-. Tampoco saben quién los ayudará a cuidar al nuevo integrante de la familia.

Fuente:
El Mercurio – 5 Julio 2010

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